EL AÑO DE LA VAQUILLA ESCORNA

 

Tenía pocos años. Era un S. Marcos de finales de los años 50. Años de transición a la hora de celebrar las fiestas con ganado de labor a ganado de ganadería brava. Años difíciles.

Eran años muy diferentes a los de ahora. Más de la mitad de nuestro pueblo no ha vivido aquella manera y lugares donde se celebraba la fiesta. Por eso encontré interesante escribir sobre ello.

Me acuerdo que el día 24, como era costumbre, para ver el desencajonamiento teníamos que ir al patio de la cooperativa. Yo fui, como siempre, con mi madre. Raro eran los padres que llevaban a su cuidado a sus hijos. Entramos por la granja de Andrés Borlas para subirnos a la parte alta de las trojes. Las paredes que separaban estos ya estaban llenas por gente y también algunas trojes que se habían convertido en barreras al cortar las entradas a ellos con palos.

Yo iba ya con una cosa que me subía del estómago hasta la boca, ¿ nervios? ¿ Miedo? Todavía lo sigo sintiendo el día 24, todos los días 24 ¡

Recuerdo que entró un camión en el patio con dos cajas. Recuerdo un nombre “Frías” impreso en ellas, quizá también Manuel. Aquella tarde conocí otro significado de los “Pesebres”; además de donde comían los animales, era el sitio de donde venían vacas para S. Marcos. Recuerdo a mi padre con palos para hacer lo que luego fue una rampa. A Millán encima de los cajones. A un hombre alto, de pelo rizado y casi blanco. El camión de marca extranjera, pero muy conocido por todos nosotros pues había pocos camiones en aquella época, era de José Medina.

Vi salir a dos vacas. Una grande, para mi normal, igual que las de siempre veía en los pocos S. Marcos de mi vida. Otra pequeña, seca y enjuta, pero con cara de vieja. “ La vaquilla”.

Después lo normal, carreras dentro del patio de la cooperativa de una y otra vaca. De meterse alguna dentro de alguna troje detrás de alguien.

Al final la desgracia, la vaquilla que parecía que se comía hasta la tierra, se parte un cuerno.

Me acuerdo del día 25. La vaquilla “ escorná” cada vez que la sacaban y muy brava que salía, la encerraban a cuestas y siempre el mismo hombre alto y de pelo rizado. La llevaba desde cualquir parte del pueblo donde se quedaba el animal sin fuerzas por la perdida de sangre, hasta el corralón de Millán. Allí se reponía el animal y un par de horas y otra vez a la calle, parecía una fiera. Pero volvía siempre igual, a las espaldas de aquel hombre que aquel día aprendí su nombre. García.

De la vaca grande no me acuerdo. Sólo de aquella vaquilla “ escorná” y del hombre que se la echaba a cuestas desde la calle Bolea, Rosales o las Cabilas: José García.

¡ Cuántas veces hemos jugado al toro con la vaquilla “escorná”

¿ Os acordáis Paco, Manolín, Juanillo, Quinito, Palomo... ?

¿ Os acordáis de las veces que jugamos en el corralón de Millán a los toros, haciendo unos de vaquilla “escorna” y otros de José García? Muchísimas veces, verdad. Como otras tantas veces aparecía un “Fiscalero” como Tomasillo, que nos hacía subirnos encima de las tapias del corralón y no bajarnos de allí si queríamos tener las camisas enteras y en paz nuestros traseros con nuestras madres.

Si, aquel fue un S. Marcos de vaca y media. De desencajonamiento en el patio de la cooperativa y de correr vacas por todo el pueblo. Fue el S. Marcos de la vaquilla “escorná”. De José García. Del corralón de Millán.

También me acuerdo hoy que parte de estos protagonistas, directos o indirectos, no verán este S. Marcos. Me dicen que allá en Cataluña, José nos dejó este verano. Y aquí muy recientemente, dos de los propietarios del corralón de Millán, la mujer de éste y su primo Joaquín, otro sanmarquero, nos han dejado.

Los tiempos y las personas pasan. También cambian las formas y lugares. La fiesta sigue.